La letra M suele ser una de las primeras puertas que se abren en el aprendizaje de la lecto-escritura. No es casualidad. Mientras otras letras se esconden o se pronuncian con timidez, la M aparece clara, sonora, casi inevitable. Basta cerrar los labios y dejar vibrar la voz: mmmm. Así empieza todo.
Desde el punto de vista pedagógico, la M es una aliada temprana. Su sonido continuo y nasal resulta fácil de identificar y de reproducir para los niños pequeños. No exige movimientos complejos de la lengua ni golpes bruscos de aire. Es una letra amable, constante, casi maternal —y no es ironía que mamá sea, en tantas lenguas, una de las primeras palabras aprendidas—.
En la escritura ocurre algo parecido. La m minúscula, con sus curvas repetidas, funciona como un pequeño entrenamiento de ritmo y coordinación. Subir, bajar, volver a subir… como si la mano aprendiera a caminar antes de correr. La M mayúscula, en cambio, es firme, angulosa, segura: un contraste perfecto entre suavidad y estructura, entre el gesto infantil y la forma adulta del lenguaje.
Además, la M permite formar rápidamente sílabas y palabras significativas: ma, me, mi, mo, mu; mano, mesa, mamá, mono. Palabras cercanas, cotidianas, que el niño reconoce en su entorno. Leer deja de ser un ejercicio abstracto y se convierte en una experiencia con sentido. Y cuando eso ocurre, el aprendizaje avanza como una marea tranquila, pero constante.
En lecto-escritura, cada letra cuenta. Pero algunas, como la M, no solo enseñan a leer y escribir: enseñan a confiar. En el sonido, en la mano, en la palabra. Y eso, en los primeros pasos, lo es todo.
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